24 agosto 2011

Hoy es un buen día para morir


No hace ni unos minutos recordaba yo esta frase por motivos que no vienen al caso. Una frase que saqué del libro Shambala, La senda sagrada del guerrero, cuando lo leí por primera vez hace ya más de diez años y que, aunque a veces se me olvida, es con mucho una de mis frases favoritas.
En muchas ocasiones he vuelto a sus capítulos reencontrándome con sutilezas ocultas en sus frases, con un soplo de aire fresco que devolvía a mis manos las herramientas dejadas en el camino.


El libro es perfecto, ya lo he dicho antes, pero hoy, voy a transcribir el capítulo que habla del miedo y la intrepidez. Será que es lo que toca...


SHAMBALA, LA SENDA SAGRADA DEL GUERRERO
De Chögyam Trunga Rinpoche

Reconocer el miedo no es causa de depresión ni de desánimo. Porque poseemos el miedo tenemos también, potencialmente, derecho a la vivencia de la intrepidez. La verdadera intrepidez no consiste en reducir el miedo, sino en trascenderlo.

Para poder experimentar la intrepidez es necesario vivenciar el miedo. La esencia de la cobardía consiste en no reconocer la realidad del miedo. El miedo puede asumir muchas formas. 
Lógicamente, sabemos que no podemos vivir eternamente; sabemos que vamos a morir, y tenemos miedo. Nuestra muerte nos petrifica de miedo. A otro nivel, tenemos miedo de no ser capaces de arreglárnoslas con las exigencias del mundo, un miedo que se expresa en la forma de un sentimiento de incapacidad. Sentimos que nuestra propia vida es abrumadora y que afrontar el resto del mundo aún es más abrumador. Está también el miedo brusco, el pánico, que surge cuando súbitamente en la vida se nos da una situación nueva. Cuando sentimos que no podemos hacer frente a estas situaciones, nos sobresaltamos, nos crispamos. A veces, el miedo asume la forma de agitación: garabatos en un cuaderno de apuntes, tamborileo de los dedos, no poder estar quieto en nuestro asiento. Sentimos como si tuviéramos que mantenernos continuamente en movimiento, como el motor de un coche. Los pistones suben y bajan, suben y bajan, y mientras sigan moviéndose, nos sentimos a salvo. Tememos que, si dejaran de moverse, nos moriríamos allí mismo.
Innumerables son las estrategias que usamos para apartar nuestros pensamiento del miedo. Hay quienes toman tranquilizantes, hay quienes hacen yoga. Algunos miran la televisión o leen revistas o se van a un bar a tomarse una cerveza. Desde el punto de vista del cobarde, el aburrimiento es algo que hay que evitar, porque cuando nos aburrimos empezamos a sentirnos angustiados. Estamos acercándonos a nuestro miedo. Hay que buscar diversiones y evitar cualquier pensamiento relacionado con la muerte. La cobardía es, pues, el intento de vivir nuestra vida como si no se conociera la muerte. Ha habido épocas en la historia en las que mucha gente ha partido en busca de un elixir que le diera longevidad. Si tal cosa existiera, para la mayoría de la gente sería horroroso. Si tuviéramos que vivir mil años en este mundo, sin morirnos, muchos nos suicidaríamos, sin duda, muchísimo antes de cumplir los mil años. Incluso si pudiéramos vivir eternamente, no podríamos evitar la realidad de la muerte y del sufrimiento que nos rodean.
Es menester reconocer el miedo. Tenemos que darnos cuenta de nuestro miedo y reconciliarnos con él. Debemos atender a cómo nos movemos, cómo hablamos, cómo nos conducimos, cómo nos mordemos las uñas, cómo a veces, inútilmente, nos matemos las manos en los bolsillos. Así aprenderemos algo sobre la forma en que el miedo se expresa mediante la agitación. Debemos darnos cuenta de que el miedo está al acecho en nuestras vidas, siempre, en cualquier cosa que hagamos.
Por otra parte, reconocer el miedo no es causa de depresión ni de desánimo. Porque poseemos el miedo tenemos también, potencialmente, derecho a la vivencia de intrepidez. La verdadera intrepidez no consiste en reducir el miedo, sino en trascenderlo. Lamentablemente, en castellano no existe una palabra que lo diga de esa manera. Una de las que más se aproximan es intrépido (de in, negativo, y trepidus, alarmado), pero en nuestro contexto, al hablar de intrépido no queremos deir que uno no tiene miedo, sino que lo ha trascendido.
Empezamos a trascender el miedo cuando examinamos nuestro miedo: nuestra angustia, nerviosismo, preocupación e inquietud. Si profundizamos en nuestro miedo, si miramos debajo del barniz que lo recubre, lo primero que encontramos por debajo del nerviosismo es tristeza. El nerviosismo está todo el tiempo vibrando, dando vueltas a la manivela. Cuando disminuimos las revoluciones, cuando nos relajamos y aceptamos nuestro miedo, nos encontramos con la tristeza, que es tranquila y dulce. La tristeza nos hiere en el corazón, y el cuerpo responde con una lágrima. Antes de llorar sentimos una sensación en el pecho y, después de eso, se nos forman lágrimas en los ojos. Cuando nuestros ojos están a punto de deshacerse en lluvia o cascada, nos sentimos tristes y solos, y quizás, al mismo tiempo románticos. Es el primer asomo de la intrepidez, y la primera señal de un auténtico espíritu de guerrero. Tal vez nos imaginemos que al vivenciar la intrepidez, uno oirá los primeros compases de la Quinta Sinfonía de Beethoven o verá una gran explosión en el cielo, pero las cosas no se dan de esa manera. En la tradición shambaliana, descubrir la intrepidez es trabajar con la vulnerabilidad del corazón humano.
El nacimiento del guerrero es como el primer brote de los cuernos del reno. Al principio los cuernos son muy blandos, casi como de goma, y sobre ellos crece pelusa. En realidad, todavía no son cuernos; apenas unos amorfos brotes llenos de sangre. Después, a medidida que el reno crece, los cuernos se fortalecen, seles forman cuatro puntas, o diez, o hasta cuarenta puntas. La intrepidez, al comienzo, es como esos cuernos blandos, que parecen cuernos, pero que todavía no sirven para pelear. Cuando al reno le aparecen por primera vez los cuernos, no sabe qué hacer con ellos. Debe resultarle muy incómodo tener esas protuberancias blandas y deformes en la cabeza. Pero después empieza a darse cuenta de que tiene que tener cuernos; de que los cuernos forman parte natural de su condición de reno. De la misma manera, cuando a un ser humano le empieza a nacer el corazón tierno y sensible de su condición de guerrero, puede ser que se sienta sumamente torpe o que no sepa bien cómo relacionarse con esa forma de intrepidez. Pero después, a medida que va vivenciando con más intensidad esa tristeza, se da cuenta de que los seres humanos tienen que ser sensibles y abiertos. Entonces ya no necesita sentir timidez ni vergüenza por ser sensible; en realidad, su vulnerabilidad comienza a volverse apasionada. Quisiera extenderse hacia los demás y comunicarse con ellos.
Cuando la sensibilidad evoluciona en esa dirección, uno puede verdaderamente apreciar el mundo que lo rodea. las percepciones sensoriales se vuelven muy interesantes. Uno es ya tan sensible y está tan abierto que no puede dejar de abrirse a lo que sucede a su alrededor. Cuando ve el rojo o el verde, el amarillo o el negro, reacciona ante ellos desde lo más profundo de su corazón. Cuando ve que alguien está llorando o riendo, o que tiene miedo, también a eso reacciona. Llegado a este punto, su nivel inicial de intrepidez va evolucionando hasta desembocar en el espíritu del guerrero. Cuando uno comienza a sentirse cómo siendo una persona bondadosa y decente, sus cuernos de reno ya no están recubiertos de pelusa; se están convirtiendo en cuernos de verdad. Las situaciones se vuelven muy reales y, por otra parte, muy comunes y corrientes. El miedo se convierte naturalmente en intrepidez de manera muy simple y muy directa.
El espíritu de guerrero ideal consiste en sentir tristeza y ternura; es por eso que el guerrero puede ser, además, muy valiente. Si uno no siente esa tristeza de todo corazón, la valentía es tan frágil como una taza de porcelana. Si uno la deja caer se romperá o cascará. Pero la valentía del guerrero es como una taza lacada, un cuenco de madera cubierto de capas y capas de laca. Si la taza se cae, rebotará en vez de romperse. Es blanda y dura a la vez.

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Blanda y dura a la vez.

Algún día haremos un poema con eso.

2 comentarios:

Fernando dijo...

Ya hablamos una vez de este texto me gustó. Y Es verdad, Hoy es un buen día para morir.

Ecnil dijo...

Hoy también compañero!