08 diciembre 2011

Elegías



Este domingo leía yo acalorada la Elegía de Miguel Hernández. Con lágrimas no sólo por el poema sino por el olvido forzado tras el cemento al que se está arrastrando al poeta. Supongo que sabréis de lo que ocurre en Écija y en La Zubia (pueblos de España los dos) entre otros lugares españoles en los que la labor deseducativa impuesta por los poderosos muele las conciencias de los que aún la tienen.

Pues leía la Elegía porque a mí aquello de "quiero escarbar la tierra con los dientes, quiero apartar la tierra parte a parte a dentelladas secas y calientes" es algo que se me metió tan en lo hondo desde la primera vez que escuché (que no leí) este poema que tuve que escribirlo, con caligrafía de escuela, en una libretita para sacarme el agobio de dentro.

Hoy leía otras cosas, cosas que pudieran estar en alemán y en español para ayudarme en mi aventura mental del idioma y que fueran algo más interesantes que los ingredientes de las galletas. Y apareció esto. Elegías que se van y cartas que vienen hablando de ellas.

No gasto más las teclas porque no sé si podría decir más...



Carta a Witold von Hulewicz 13.XI.25
Sello postal: Sierre, 13.XI.25

¿Y soy yo el que puede dar a las Elegías la explicación correcta? Ellas llegan infinitamente más allá de mí. Las considero una ampliación ulterior de aquellas hipótesis esenciales que estaban ya dadas en el “Libro de horas”, que, en ambas partes de los “Nuevos poemas”, jugando y ensayando, se sirven de la visión del mundo, y luego en el Malte, conflictivamente concentradas, repercuten hacia la vida y allí suministran casi la prueba, de que esta vida, que pende de tal modo en la carencia de suelo, es imposible. En las “Elegías”, a partir de los mismos hechos, la vida vuelve a hacerse posible, sí, experimenta aquí esa afirmación definitiva, hacia la que el joven Malte, si bien en el correcto y difícil camino “des longues études”, no podía aún conducirla. La afirmación de la vida y de la muerte se muestran como algo único en las “Elegías”. Admitir una sin la otra sería, así se lo experimenta y celebra aquí, una restricción en última instancia excluyente de todo lo infinito. La muerte es el lado para nosotros vuelto, por nosotros no iluminado de la vida: debemos intentar lograr la mayor conciencia de nuestra existencia, que en ambos ámbitos ilimitados está en casa, nutrida inagotablemente desde ambos… La figura verdadera de la vida se extiende por ambas regiones, la sangre de la circulación mayor fluye por ambas: no hay ni un más acá ni un más allá, sino la gran unidad, en la que los seres que nos superan, los “ángeles”, están en casa. Y la situación ahora del problema del amor en este mundo así ampliado en su mitad mayor, tan sólo ahora entero, tan sólo ahora íntegro. Me asombra que los “Sonetos a Orfeo”, que son por lo menos tan “densos” y están colmados de la misma esencia, no le sean de mayor utilidad para la comprensión de las “Elegías”. Éstas fueron empezadas en 1912 (en Duino), continuadas –fragmentariamente– en España y París, hasta 1914; la guerra interrumpió por entero éste, mi trabajo mayor; cuando en 1922 (aquí) osé retomarlo, a las nueve elegías y su cierre se les anticiparon, en pocos días e imponiéndose como una tempestad, los “Sonetos a Orfeo” (que no estaban en mi plan). Son, como no puede ser de otra manera, del mismo “germen” que las “Elegías”, y que surgieran de súbito, sin la intervención de mi voluntad, en conexión con una muchacha tempranamente fallecida, los acerca aún más a la fuente de su origen; esta conexión es una referencia más hacia el centro de ese reino, cuya profundidad e influencia nosotros, inacotados por doquier, compartimos con los muertos y con los que vendrán. Nosotros, éstos de aquí y hoy, no estamos un solo instante satisfechos en el mundo temporal, ni sujetos a él; marchamos sin cesar por entero hacia los anteriores, hacia nuestra procedencia, y hacia los que parecen venir después de nosotros. En ese mundo “abierto”, vastísimo, están todos, no puede decirse “al mismo tiempo”, pues precisamente la supresión del tiempo condiciona que estén todos. La fugacidad se precipita por doquier en un ser profundo. Y así, todas las configuraciones de lo de aquí no sólo han de usarse con limitación temporal, sino –en la medida en que podamos hacerlo– han de ser incluidas en esos significados superiores de los que participamos. Pero no en el sentido cristiano (del que me aparto cada vez más con mayor pasión), sino en una conciencia puramente terrenal, profundamente terrenal, dichosamente terrenal, es que hay que introducir lo aquí contemplado y tocado en el domino más vasto, en el más vasto de los dominios. No en un más allá cuya sombra oscurece la tierra, sino en una totalidad, en la totalidad. La naturaleza, las cosas de nuestro trato y uso, son provisionalidades y caducidades; pero son, en tanto estamos aquí, nuestra posesión y nuestra amistad, consabidoras de nuestro pesar y regocijo, tal como han sido ya las confidentes de nuestros antepasados. De modo que es menester no sólo no calumniar y degradar todo lo de aquí, sino que justamente, por mor de su provisionalidad, que comparte con nosotros, estos fenómenos y cosas han de ser por nosotros comprendidos y transformados con una concepción íntima en extremo. ¿Transformados? Sí, pues es nuestra tarea grabarnos esta tierra provisoria, caduca, tan honda, sufriente y apasionadamente, que su esencia resucite “invisible” en nosotros. Somos las abejas de lo invisible.Nous butinons éperdument le miel du visible, pour l'accumuler dans la grande ruche d'or de l'Invisible[1]. Las “Elegías” nos muestran en esta obra, en la obra de estas incesantes conversiones de lo visible y palpable amado, en la vibración y excitabilidad invisibles de nuestra naturaleza, que introducen nuevas cifras de vibración en las esferas vibratorias del universo. (Dado que las distintas sustancias en el cosmos son sólo distintos exponentes de vibración, nosotros preparamos, de esta manera, no sólo intensidades de tipo espiritual, sino, quién sabe, nuevos cuerpos, metales, nebulosas estelares y constelaciones.) Y esta actividad es peculiarmente sostenida y estimulada por la desaparición cada vez más rápida de tanto de lo visible, que ya no se sustituirá. Para nuestros abuelos era aún una “casa”, una “fuente”, una torre con la que estaban familiarizados, incluso su propio vestido, su abrigo: infinitamente más, infinitamente más íntimo; casi cada cosa un receptáculo en el que se encontraban con lo humano y acumulaban lo humano. Ahora nos invaden, desde América, apariencias de cosas, simulacros de vida… Una casa, en la concepción americana, una manzana americana o una vid de allí, nada tienen en común con la casa, el fruto, las uvas, en los que ingresaran la esperanza y la reflexión de nuestros antepasados… Las cosas vivificadas, vividas, consabidoras, están en declinación y no pueden ya ser reemplazadas. Nosotros seamos quizás los últimos que hayan conocido tales cosas. A nosotros nos incumbe la responsabilidad, no sólo de conservar su memoria (esto sería exiguo y poco confiable), sino su valor humano y lárico. (“Lárico”, en el sentido de las deidades domésticas.) La tierra no tiene otra salida, que tornarse invisible: en nosotros, que con una parte de nuestro ser somos partícipes de lo invisible, tenemos (cuando menos) títulos de participación en ello, y podemos acrecentar nuestra posesión de invisibilidad durante nuestra permanencia aquí: sólo en nosotros puede consumarse esta conversión de lo visible en invisible, de lo no más ya dependiente del ser visible y palpable, tal como nuestro propio destino se torna sin cesar en nosotros a la vez invisible y más existente. Las elegías formulan esta norma de la existencia: aseguran, celebran esta conciencia. La colocan cuidadosamente en sus tradiciones, recurriendo para esta conjetura a antiquísimas leyendas y a los rumores de leyendas, e invocando aun en el culto egipcio de los muertos un conocimiento previo de tales relaciones. (Si bien el “país del lamento ”, por el que el “lamento” mayor conduce al muerto joven, no ha de equipararse a Egipto, sino que sólo es, por así decirlo, un reflejo de la tierra del Nilo en la claridad desértica de la conciencia del muerto.) Si se comete el error de referir a las Elegías o los Sonetos conceptos católicos de la muerte, del más allá y de la eternidad, se aleja uno completamente de su punto de partida y se apareja un malentendido cada vez más radical. El “ángel” de las Elegías nada tiene que ver con el ángel del cielo cristiano (antes bien, con las figuras angélicas del Islam)… El ángel de las Elegías es esa criatura, en la que la transformación de lo visible en invisible, que nosotros producimos, aparece ya consumada. Para el ángel de las Elegías, todas las torres y palacios pasados son existentes, puesto que hace mucho tiempo que son invisibles, y las torres y puentes de nuestra existencia, que aún perduran, son ya invisibles, si bien corpóreamente (para nosotros) todavía duraderos. El ángel de las Elegías es ese ser que garantiza el reconocimiento en lo invisible de un rango más elevado de la realidad. –Por eso “terrible” para nosotros, porque nosotros, sus amantes y transformadores, dependemos por cierto aún de lo visible.– Todos los mundos del universo se precipitan en lo invisible, en tanto que en su realidad contigua, más profunda; algunas estrellas se incrementan inmediatamente y se desvanecen en la conciencia infinita de los ángeles…, otras dependen de seres que lenta y fatigosamente las transforman, en cuyo pavor y encanto alcanzan su próxima realización invisible. Nosotros somos, sea subrayado una vez más, en el sentido de las Elegías, somos estos transformadores de la tierra, nuestra existencia entera, los vuelos y las caídas de nuestro amor, todo nos capacita para esta tarea (en comparación con la cual, esencialmente, ninguna otra existe). (Los Sonetos muestran particularidades de esta actividad, que aparece aquí colocada bajo el nombre y la custodia de una muchacha fallecida, cuya incompletud e inocencia mantienen abierta la puerta de la tumba, de modo tal que ella, alejada, pertenece a aquellas fuerzas que mantienen fresca la mitad de la vida, y abierta hacia la otra mitad, en la que se abre la herida.) Elegías y Sonetos se sostienen mutuamente sin cesar…, y veo una infinita clemencia, en que haya podido yo henchir, con el mismo aliento, ambas velas:  la pequeña vela color de herrumbre de los Sonetos y la gigantesca vela blanca de las Elegías.
Que pueda usted, querido amigo, descubrir aquí algún consejo y explicación y, por lo demás, seguir avanzando por sí mismo. Pues: no sé, si alguna vez podría decir más.
 Suyo
 R. M. Rilke

[1] "Con locura libamos la miel de lo visible, para acumularla en la gran colmena de oro de lo Invisible."





Und bin ich es, der den Elegien die richtige Erklärung geben darf? Sie reichen unendlich über mich hinaus. Ich halte sie für eine weitere Ausgestaltung jener wesentlichen Voraussetzungen, die schon im „Stundenbuch“ gegeben waren, die sich, in den beiden Teilen der „Neuen Gedichte“, des Welt-Bilds spielend und versuchend bedienen und die dann im Malte, konflikthaft zusammengezogen, ins Leben zurückschlagen und dort beinah zum Beweis führen, daß dieses so ins Bodenlose gehängte Leben unmöglich sei. In den „Elegien“ wird, aus den gleichen Gegebenheiten heraus, das Leben wieder möglich, ja es erfährt hier diejenige endgültige Bejahung, zu der es der junge Malte, obwohl auf dem richtigen schweren Wege „des longues études“, noch nicht führen konnte. Lebens- und Todesbejahung erweist sich als Eines in den „Elegien“. Das eine zuzugeben ohne das andere, sei, so wird hier erfahren und gefeiert, eine schließlich alles Unendliche ausschließende Einschränkung. Der Tod ist die uns abgekehrte, von uns unbeschienene Seite des Lebens: wir müssen versuchen, das größeste Bewußtsein unseres Daseins zu leisten, das in beiden unabgegrenzten Bereichen zu Hause ist, aus beiden unerschöpflich genährt... Die wahre Lebensgestalt reicht durch beide Gebiete, das Blut des größesten Kreislaufs treibt durch beide: es gibt weder ein Diesseits noch Jenseits, sondern die große Einheit, in der die uns übertreffenden Wesen, die „Engel“, zu Hause sind. Und nun die Lage des Liebes-Problems in dieser so, um ihre größere Hälfte erweiterten, in dieser nun erst ganzen, nun erst heilen Welt. Es nimmt mich wunder, daß Ihnen die „Sonette an Orpheus“, die mindestens ebenso „schwer“ sind, von der gleichen Essenz erfüllt, nicht hilfreicher sind zum Verständnis der „Elegien“. Diese sind 1912 (auf Duino) begonnen, in Spanien und Paris—fragmentarisch — fortgeführt bis 1914; der Krieg unterbrach diese meine größeste Arbeit vollständig; als ich 1922 (hier), diese wieder aufzunehmen wagte, kamen den neuen Elegien und ihrem Abschluß die, in wenigen Tagen, stürmisch sich auferlegenden „Sonette an Orpheus“ (die nicht in meinem Plane waren) zuvor. Sie sind, wie das anders nicht sein kann, aus derselben „Geburt“ wie die „Elegien“, und daß sie plötzlich, ohne meinen Willen, im Anschluß an ein frühverstorbenes Mädchen, aufkamen, rückt sie noch mehr an die Quelle ihres Ursprungs; dieser Anschluß ist ein Bezug mehr nach der Mitte jenes Reiches hin, dessen Tiefe und Einfluß wir, überall unabgegrenzt, mit den Toten und den Künftigen teilen. Wir, diese Hiesigen und Heutigen, sind nicht einen Augenblick in der Zeitwelt befriedigt, noch in sie gebunden; wir gehen immerfort über und über zu den Früheren, zu unserer Herkunft und zu denen, die scheinbar nach uns kommen. In jener größesten „offenen“ Welt sind alle, man kann nicht sagen „gleichzeitig“, denn eben der Fortfall der Zeit bedingt, daß sie alle sind. Die Vergänglichkeit stürzt überall in ein tiefes Sein. Und so sind alle Gestaltungen des Hiesigen nicht nur zeitbegrenzt zu gebrauchen, sondern, soweit wirs vermögen, in jene überlegenen Bedeutungen einzustellen, an denen wir Teil haben. Aber nicht im christlichen Sinne (von dem ich mich immer leidenschaftlicher entferne), sondern, in einem rein irdischen, tief irdischen, selig irdischen Bewußtsein gilt es, das hier Geschaute und Berührte in den weiteren, den weitesten Umkreis einzuführen. Nicht in ein Jenseits, dessen Schatten die Erde verfinstert, sondern in ein Ganzes, in das Ganze. Die Natur, die Dinge unseres Umgangs und Gebrauchs, sind Vorläufigkeiten und Hinfälligkeiten; aber sie sind, solang wir hier sind, unser Besitz und unsere Freundschaft, Mitwisser unserer Not und Froheit, wie sie schon die Vertrauten unserer Vorfahren gewesen sind. So gilt es, alles Hiesige nicht nur nicht schlecht zu machen und herabzusetzen, sondern gerade, um seiner Vorläufigkeit willen, die es mit uns teilt, sollen diese Erscheinungen und Dinge von uns in einem innigsten Verstande begriffen und verwandelt werden. Verwandelt? Ja, denn unsere Aufgabe ist es, diese vorläufige, hinfällige Erde uns so tief, so leidend und leidenschaftlich einzuprägen, daß ihr Wesen in uns „unsichtbar“ wieder aufersteht. Wir sind die Bienen des Unsichtbaren. Nous butinons éperdument le miel du visible, pour l'accumuler dans la grande ruche d'or de l'Invisible. Die „Elegien“ zeigen uns an diesem Werke, am Werke dieser fortwährenden Umsetzungen des geliebten Sichtbaren und Greifbaren in die unsichtbare Schwingung und Erregtheit unserer Natur, die neue Schwingungszahlen einführt in die Schwingungs-Sphären des Universums. (Da die verschiedenen Stoffe im Weltall nur verschiedene Schwingungsexponenten sind, so bereiten wir, in dieser Weise, nicht nur Intensitäten geistiger Art vor, sondern wer weiß, neue Körper, Metalle, Sternnebel und Gestirne.) Und diese Tätigkeit wird eigentümlich gestützt und gedrängt durch das immer raschere Hinschwinden von so vielem Sichtbaren, das nicht mehr ersetzt werden wird. Noch für unsere Großeltern war ein „Haus“, ein „Brunnen“, ein ihnen vertrauter Turm, ja ihr eigenes Kleid, ihr Mantel: unendlich mehr, unendlich vertraulicher; fast jedes Ding ein Gefäß, in dem sie Menschliches vorfanden und Menschliches hinzusparten. Nun drängen, von Amerika her, leere gleichgültige Dinge herüber, Schein-Dinge, Lebens-Attrappen... Ein Haus, im amerikanischen Verstande, ein amerikanischer Apfel oder eine dortige Rebe, hat nichts gemeinsam mit dem Haus, der Frucht, der Traube, in die Hoffnung und Nachdenklichkeit unserer Vorväter eingegangen war... Die belebten, die erlebten, die uns mitwissenden Dinge gehen zur Neige und können nicht mehr ersetzt werden. Wir sind vielleicht die Letzten, die noch solche Dinge gekannt haben. Auf uns ruht die Verantwortung, nicht allein ihr Andenken zu erhalten (das wäre wenig und unzuverlässig), sondern ihren humanen und larischen Wert. („Larisch“, im Sinne der Haus-Gottheiten.) Die Erde hat keine andere Ausflucht, als unsichtbar zu werden: in uns, die wir mit einem Teil unseres Wesens am Unsichtbaren beteiligt sind, Anteilscheine (mindestens) haben an ihm, und unseren Besitz an Unsichtbarkeit mehren können während unseres Hierseins, — in uns allein kann sich diese intime und dauernde Umwandlung des Sichtbaren in Unsichtbares, vom sichtbar- und greifbar-sein nicht länger Abhängiges vollziehen, wie unser eigenes Schicksal in uns fortwährend zugleich vorhandener und unsichtbar wird. Die Elegien stellen diese Norm des Daseins auf: sie versichern, sie feiern dieses Bewußtsein. Sie stellen es vorsichtig in seine Traditionen ein, indem sie uralte Überlieferungen und die Gerüchte von Überlieferungen für diese Vermutung in Anspruch nehmen und selbst im ägyptischen Totenkult ein Vorwissen solcher Bezüge heraufrufen. (Obwohl das „Klageland“, durch das die ältere „Klage“ den jungen Toten führt, nicht Ägypten gleichzusetzen ist, sondern nur, gewissermaßen, eine Spiegelung des Nillandes in die Wüstenklarheit des Toten-Bewußtseins.) Wenn man den Fehler begeht, katholische Begriffe des Todes, des Jenseits und der Ewigkeit an die Elegien oder Sonette zu halten, so entfernt man sich völlig von ihrem Ausgang und bereitet sich ein immer gründlicheres Mißverstehen vor. Der „Engel“ der Elegien hat nichts mit dem Engel des christlichen Himmels zu tun (eher mit den Engelgestalten des Islam)... Der Engel der Elegien ist dasjenige Geschöpf, in dem die Verwandlung des Sichtbaren in Unsichtbares, die wir leisten, schon vollzogen erscheint. Für den Engel der Elegien sind alle vergangenen Türme und Paläste existent, weil längst unsichtbar, und die noch bestehenden Türme und Brücken unseres Daseins schon unsichtbar, obwohl noch (für uns) körperhaft dauernd. Der Engel der Elegien ist dasjenige Wesen, das dafür einsteht, im Unsichtbaren einen höheren Rang der Realität zu erkennen. — Daher „schrecklich“ für uns, weil wir, seine Liebenden und Verwandler, doch noch am Sichtbaren hängen. — Alle Welten des Universums stürzen sich ins Unsichtbare, als in ihre nächst-tiefere Wirklichkeit; einige Sterne steigern sich unmittelbar und vergehen im unendlichen Bewußtsein der Engel —, andere sind auf langsam und mühsam sie verwandelnde Wesen angewiesen, in deren Schrecken und Entzücken sie ihre nächste unsichtbare Verwirklichung erreichen. Wir sind, noch einmal sei's betont, im Sinne der Elegien, sind wir diese Verwandler der Erde, unser ganzes Dasein, die Flüge und Stürze unserer Liebe, alles befähigt uns zu dieser Aufgabe (neben der keine andere, wesentlich, besteht). (Die Sonette zeigen Einzelheiten aus dieser Tätigkeit, die hier unter den Namen und Schutz eines verstorbenen Mädchens gestellt erscheint, deren Unvollendung und Unschuld die Grabtür offen hält, so daß sie, hingegangen, zu jenen Mächten gehört, die die Hälfte des Lebens frisch erhalten und offen nach der anderen wundoffenen Hälfte zu.) Elegien und Sonette unterstützen einander beständig—, und ich sehe eine unendliche Gnade darin, daß ich, mit dem gleichen Atem, diese beiden Segel füllen durfte: das kleine rostfarbene Segel der Sonette und der Elegien riesiges weißes Segel-Tuch.


Möchten Sie, lieber Freund, hier einigen Rat und Aufschluß erkennen und, im Übrigen, sich selber weiterhelfen. Denn: Ich weiß nicht, ob ich je mehr sagen könnte.

Ihr

R. M. Rilke

29 noviembre 2011

Bachianas Brasileiras

Me he levantado esta mañana con esta canción en la cabeza, de hecho me he levantado, la he buscado en youtube y la he tarareado mientras me lavaba los dientes. Ningún desastre, porque yo tarareo mucho y mantengo la pasta dentro de la boca. (Años de experiencia, morid malditos)




Y esta canción me lleva de vuelta a un mundo de domingos fríos y soleados, en el que la gente es justa (si no buena) y se hace posible aquello en que creemos. Y me da ganas de llorar, de leer, de descansar la cabeza sobre un hombro amable y fuerte capaz de sostenerla, y de dormitar, ojillos entrecerrados, al calor del sol por la ventana.

Nada de eso entra en mis planes para hoy, y sin embargo... Que bonito que lo recuerde.

21 noviembre 2011

Un poema muy Naif



Que humano llevarse las manos a la cara
hincharse el pecho con palabras para otros
fruncir el ceño, dar la espalda al mundo.


Que humano ir a trabajar, cuando la gente grita
mirar para otro lado, coger el autobús
justificar los golpes de porra y de decreto
correr tras una cómoda opinión.


Es humano también sufrir con el vecino
compartir una manzana
hacer el amor.


Que humano es tomarte de la mano
llamar a media noche
encerrarse a solas en la habitación.


Que humano el cansancio 
marino que sale de dentro
solidificando estómago y garganta.




También es humano decir que voy contigo
hacia un mundo mejor.




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This as all the other poems on this web page without a name under it is a quick sort of poem written by me, bellow this lines an attemp of translation for you to understand.




A VERY NAIF POEM




It's so human to take the hands to the head
Swell the breast with words to others
pucker one's brows, turn back to the world.



It's so human going to work, when people is screaming
look to a different place, taking the bus
to justify those club and decree schocks
to run after a comfortable opinion.


It`s also human to suffer with our neighbor
sharing an apple
making love.


It`s so human holding your hand
call someone in midnght
enclose oneself alone in the room.


It's so human the marine
weariness wich came from the inside
solidifying stomach and throat...


It's also human to say that I'm with you
going to a better world.


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Las fotos son las que tomamos con artilugios cuando jugamos a Dixit. Un juego precioso por cierto, que no os debéis perder.

16 noviembre 2011

No sabemos que heladas palabras

No sabemos que heladas palabras
transporta el viento.


Una mañana te levantas
de sol radiante y camino dispuesto
y así
enfrentando el frío con una sonrisa
y te gusta
el rocío helado
y estás por besar la escarcha
porque eres uno con las hojas
que danzan doradas en las ramas


y al rato...


Todas caen


y -lo que es peor- sin venir la bruma
con el sol que aún brilla pero no acompaña
te vuelve hierro las tripas
el cantar del viento.


Y ahí que te ves de nuevo
en el suelo y medio rota




Una hoja entre tantas
una mañana hermosa.

15 noviembre 2011

Despierta el Clan


Una campana que rompe los sueños
un canto al clarear
la brisa leve que aviva la llama
nos hace despertar.


Coge tus cosas y ponlas al hombro
comenzamos a andar
entre los valles y entre las montañas
va caminando un Clan.


Un viejo son, indefinida la canción, 
 voy renaciendo en mí la tierra paso a paso;
desde que el sol marcó el camino a mi bordón
viajeros somos dos, hasta el ocaso.

Sierras y mar se van abriendo a nuestro andar
y nos saludan los olivos centenarios,
¡tanto esperar que el cielo se ponga a llorar
para poder saciar la sed del campo!.

En la laguna del pico más alto
tiene su nido el Clan,
sólo lo encuentran aquellos que cambian
odio por amistad.
Y aunque naveguen los ríos sedientos
en busca de la mar,
vendemos agua que beben los hombres
que aman la libertad.

Vengo juglar de los caminos a ofrecer
un rato de conversación y un par de manos,
que hay que crecer y que crecer es trabajar
hasta que no resistan más los brazos.
Hay una flor, llevo semillas de una flor
que si la siembras labrador de madrugada,
hay una flor, en cada cual hay una flor
que te propone ser mejor cada mañana.

 Ya la campana se escucha lejana
con el atardecer;
un viejo cuento en torno a la hoguera
nos hace renacer.
Con el rocío callaron las sombras
duermen sin advertir,
que hay una Flor que amanece a la vida,
que hay una Flor de Lís.

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En esta entrada, ni la foto que es de aquí ni la canción, que es una canción que se escribió en el grupo scout Poseidón para un festival y forma parte de mis canciones favoritas desde hace mucho son mías.


Pero si por un rato os ha bañado la luz sanadora del lorenzo más picante en las mañanas escarchadas de noviembre, entonces la originalidad no vale tanto. Esta mañana estaban heladas las hojas de mi camino, y el sol más blanco que amarillo me ha estallado en el pecho con esta letrilla... 

09 noviembre 2011

¿Qué es la bodhichitta?




Si le preguntáramos a Buda, ¿Qué es la bodhichitta? quizás el nos diría que esa palabra es más fácil de entender que de traducir. Chitta significa "mente" y a la vez "corazón" o "actitud". Bodhi significa "despierto", "iluminado" o "completamente abierto". A veces a la mente y el corazón completamente abiertos de la bodhichitta se les llama el lugar suave, un sitio tan vulnerable y tierno como una herida abierta. Es equiparable, en parte, con nuestra capacidad de amar. Incluso la gente más cruel tiene este lugar suave. Incluso los animales más atroces aman a sus cría. Como dijo Trungpa Rimpoche, "Todo el mundo ama algo, aunque sea sólo la tortilla"




Yo que soy una mujer suertuda tengo muchos más amores además de la tortilla de patatas, que desde luego es un grande entre los grandes...
Como otras veces os dejo esta traducción rapidita, y el original abajo para que podáis buscar las (7 o más) diferencias.


¡Os quiero!


WHAT IS BODHICHITTA?


"If we were to ask the Buddha, “What is bodhichitta?” he might tell us that this word is easier to understand than to translate. Chitta means “mind” and also “heart” or “attitude.” Bodhi means “awake,” “enlightened,” or “completely open.” Sometimes the completely open heart and mind of bodhichitta is called the soft spot, a place as vulnerable and tender as an open wound. It is equated, in part, with our ability to love. Even the cruelest people have this soft spot. Even the most vicious animals love their offspring. As Trungpa Rinpoche put it, “Everybody loves something, even if it’s only tortillas.”


From The Places That Scare You
Pema Chödron

08 noviembre 2011

Tabaquería


Si vas a leer este post, hazlo con tiempo, es un poema largo pero merece la pena leerlo dos veces...


Tabaquería
(F. Pessoa)


No soy nada. 
Nunca seré nada. 
No puedo querer ser nada. 
A parte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo. 
Ventanas de mi cuarto, 
De mi cuarto de uno de los millones en el mundo que nadie sabe 
quién es 
(Y si supiesen, ¿qué sabrían?), 
Dais al misterio de una calle cruzada constantemente por gente, 
A una calle inaccesible a todos los pensamientos, 
Real, imposiblemente real, cierta, desconocidamente cierta, 
Con el misterio de las cosas bajo las piedras y los seres, 
Con la muerte que mancha de humedad las paredes y hace 
blancos los cabellos de los hombres, 
Con el Destino que conduce la carroza de todo por el camino de 
nada. 
Estoy hoy vencido, como si supiese la verdad. 
Estoy hoy lúcido, como si estuviese por morir, 
Y no tuviese más hermandad con las cosas 
Que la de una despedida, tornándose esta casa a este lado de la 
calle 
La hilera de vagones de un tren, y el silbido de una partida 
Dentro de mi cabeza, 
Y una sacudida de mis nervios y un chirriar de huesos al arrancar. 
Estoy hoy perplejo, como quien pensó y halló y olvidó. 
Estoy hoy dividido entre la lealtad que debo 
A la Tabaquería del otro lado de la calle, como cosa real por fuera, 
Y a la sensación de que todo es sueño, como cosa real por dentro. 
Fallé en todo. 
Como no hice ningún propósito, tal vez todo fuese nada. 
El aprendizaje que me dieron, 
Descendí por la ventana trasera de la casa. 
Fui al campo con grandes propósitos. 
Pero allí sólo encontré yerbas y árboles, 
Y cuando había gente era igual a la otra. 
Me retiro de la ventana y me siento en una silla. ¿En qué he de 
pensar? 
¿Qué sé yo lo que seré, yo, que no sé lo que soy? 
¿Ser lo que pienso? ¡Pienso ser tanta cosa! 
¡Y hay tantos que piensan ser la misma cosa que no puede haber 
tantos! 
¿Genio? En este momento 
Cien mil cerebros se piensan en sueños genios como yo, 
Y la historia no señalará, ¿quién sabe? ni a uno, 
No habrá sino un muladar para tantas futuras conquistas. 
No, no creo en mí. 
¡En todos los manicomios hay tantos locos deschavetados con 
tantas certezas! 
Yo, que no tengo ninguna certeza, ¿soy más cierto o menos cierto? 
No, ni en mí... 
¿En cuántas buhardillas y no buhardillas del mundo 
No están en esta hora genios-para-sí-mismos soñando? 
¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas— 
Sí, verdaderamente altas y nobles y lúcidas—, 
Y quién sabe si realizables, 
¿Nunca verán la luz del sol real ni hallaran oídos de nadie? 
El mundo es de quien nace para conquistarlo 
Y no para quien sueña que puede conquistarlo, aunque tenga 
razón. 
He soñado más que Napoleón. 
He abrazado contra el pecho hipotético más humanidades que 
Cristo. 
Hice filosofías en secreto que ningún Kant escribió. 
Pero soy, y tal vez seré siempre, el de la buhardilla, 
Aunque no viva en ella; 
Seré siempre el que no nació para esto, 
Seré siempre sólo el que tenía cualidades; 
Seré siempre el que esperó que le abriesen la puerta al pie 
de una pared sin puerta, 
Y cantó la cantiga del Infinito en un gallinero, 
Y escuchó la voz de Dios en un pozo cegado. 
¿Creer en mí? No, ni en nada. 
Que me derrame la Naturaleza sobre la cabeza ardiente 
Su sol, su lluvia, el viento que me despeina, 
Y lo demás que venga si viene o que tenga que venir, o que no 
venga. 
Esclavos cardíacos de las estrellas, 
Conquistamos todo el mundo antes de levantarnos de la cama; 
Pero nos despertamos y él es opaco, 
Nos levantamos y es ajeno, 
Salimos de casa y es la tierra entera, 
Más el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido. 
(Come chocolates, niña; 
¡Come chocolates! 
Mira que no hay más metafísica en el mundo que la de los 
chocolates. 
Mira que todas las religiones no enseñan más que la confitería. 
¡Come, niña sucia, come! 
¡Si pudiera yo comer chocolates con la misma verdad con que tú 
los comes! 
Pero yo pienso y, al quitarles el papel plateado, que es de estaño, 
Arrojo todo al suelo, como tiré la vida.) 
Pero queda al menos de la amargura de lo que nunca seré 
La caligrafía rápida de estos versos, 
Pórtico hendido hacia lo Imposible. 
Pero al menos dedico a mí mismo un desprecio sin lágrimas, 
Noble al menos por el gesto amplio con que arrojo 
La ropa sucia que soy, sin motivo, para el decurso de las cosas, 
Y me quedo en casa sin camisa. 
(Tú que consuelas, que no existes y por eso consuelas, 
O diosa griega, concebida como estatua con vida, 
O patricia romana, imposiblemente noble y nefasta, 
O princesa de trovadores, gentilísima y colorida, 
O marquesa del siglo dieciocho, escotada y distante, 
O cocotte célebre del tiempo de nuestros padres, 
O no sé qué moderno —no concibo bien qué—, 
Todo eso, sea lo que fuera, lo que sea, si puede inspirar ¡qué 
inspire! 
Mi corazón es un balde vacío. 
Como invocan espíritus los que invocan espíritus me invoco 
Me invoco a mí mismo y nada encuentro. 
Me acerco a la ventana y veo la calle con una nitidez absoluta. 
Veo las tiendas, veo las aceras, veo los coches que pasan. 
Veo los entes vivos vestidos que se cruzan, 
Veo los perros que también existen, 
Y todo esto me pesa como un condena al destierro, 
Y todo esto es extranjero, como todo.) 
Viví, estudié, amé y hasta creí, 
Y hoy no hay mendigo al que no envidie sólo por no ser yo. 
En cada uno miro los andrajos y las llagas y la mentira, 
Y pienso: tal vez nunca hayas vivido ni estudiado ni amado ni 
creído 
(Porque es posible hacer la realidad de todo eso sin hacer 
nada de eso); 
Tal vez hayas existido apenas, como un lagarto a quien cortan 
la cola 
Y que es cola más acá del lagarto que se retuerce. 
Hice de mí lo que no supe, 
Y lo que pude hacer de mí no lo hice. 
Vestí un disfraz equivocado. 
Me tomaron enseguida por quien no era, y no lo desmentí, y me 
perdí. 
Cuando quise arrancarme la máscara, 
Estaba pegada a la cara. 
Cuando la arrojé y me vi en el espejo, 
Ya había envejecido. 
Estaba borracho, y no sabía vestir el disfraz que no me había 
quitado. 
Arrojé la mascara y dormí en el vestidor 
Como un perro tolerado por la gerencia 
Por ser inofensivo 
Y voy a escribir esta historia para probar que soy sublime. 
Esencia musical de mis versos inútiles, 
quién pudiera encontrarte como cosas que yo hice, 
Y no quedarme siempre enfrente de la Tabaquería de enfrente, 
Pisoteando la conciencia de estar existiendo, 
Como un tapete con el que tropieza un borracho 
O la esterilla que los gitanos roban y no vale nada. 
Pero el Dueño de la Tabaquería se asomó a la puerta y se quedó 
en ella. 
Lo miro con la incomodidad de la cabeza torcida 
Y con la incomodidad de una alma que mal entiende. 
Él morirá y yo moriré. 
Él dejará el letrero, yo dejaré versos. 
Y un día morirá el letrero y también mis versos. 
Después morirá la calle donde estuvo el letrero, 
Y la lengua en que fueron escritos los versos. 
Morirá después el planeta girante en que todo esto sucedió. 
En otros satélites de otros sistemas cualquier cosa como nosotros 
Continuará haciendo cosas como versos y viviendo debajo de las 
cosas como letreros, 
Siempre una cosa frente a otra, 
Siempre una cosa tan inútil como la otra. 
Siempre lo imposible tan estúpido como lo real, 
Siempre el misterio del fondo tan cierto como el sueño del 
misterio de la superficie, 
Siempre ésta o aquella cosa o ni una ni la otra cosa. 
Pero un hombre entró en la Tabaquería (¿a comprar tabaco?), 
Y la realidad plausible cae de repente sobre mí. 
Me incorporo a medias enérgico, convencido, humano, 
Y voy a intentar escribir estos versos en los que digo lo contrario. 
Enciendo un cigarro al pensar en escribirlos 
Y saboreo en el cigarro la liberación de todos los pensamientos. 
Sigo el humo como mi camino, 
Y gozo, en un momento sensitivo y adecuado, 
La liberación de todas las especulaciones 
Y la conciencia de que la metafísica es la consecuencia de una 
indisposición. 
Después me reclino en la silla 
Y sigo fumando. 
Seguiré fumando hasta que el Destino me lo permita. 
(Si me casase con la hija de mi lavandera 
Tal vez sería feliz.) 
Visto esto, me levanto de la silla. Me acerco a la ventana. 
El hombre salió de la Tabaquería (¿guarda el cambio en el bolsillo 
del pantalón?). 
Ah, lo conozco: es Esteves sin metafísica. 
(El Dueño de la Tabaquería llegó a la puerta.) 
Como por un instinto divino, Esteves se volvió y me vio. 
Hizo una señal de adiós, le grité ¡Adiós, Esteves!, y el universo 
Se reconstruye en mí sin ideal ni esperanza, y el Dueño de la 
Tabaquería sonrió.


*Álvaro de Campos
Versión de Miguel Ángel Flores