03 septiembre 2011

La estrella de los cheroquees



Pequeño Árbol


Tras la muerte de papá, mamá sólo sobrevivió un año. Por eso cuando tenía cinco años acabé viviendo con los abuelos.
Según Abuela, después del funeral los parientes tuvieron una terrible discusión. Formaron un corro en el patio trasero de nuestra choza en la ladera y le dieron vueltas y más vueltas al problema de qué hacer conmigo, mientras se repartían el cabecero pintado de la cama, la mesa y las sillas.
Abuelo no abrió la boca. Permaneció en un extremo del patio, apartado y Abuela se quedó detrás de él. Él era medio cheroquí, ella, de pura cepa.
Abuelo sobresalía por encima de los demás; era alto, medía metro noventa y tres, y llevaba el gran sombrero negro y el traje negro y pulido que sólo se ponía para asistir a la iglesia y a los funerales. Aunque Abuela no apartó la vista del suelo, Abuelo me miraba todo el rato por encima del corro, así es que fui hacia él cruzando el patio, me aferré a su pierna y no quise soltarlo ni siquiera cuando intentaron separarme.
Abuela dijo que no protesté ni lloré, que simplemente me agarré fuerte; estuvieron un buen rato tirando de mí, pero yo no quise soltarme, y entonces Abuelo bajó los brazos y posño su mano enorme sobre mi cabeza.
-Dejadlo en paz -dijo.
Así fue como me dejaron en paz. Abuelo casi nunca hablaba en público y, según Abuela, en las contadas ocasiones en que lo hacía, la gente le prestaba atención.
Descendimos por la ladera en aquella sombría tarde invernal y salimos a la carretera que conducía a la ciudad. Abuelo abría la marcha a un lado del camino, con un saco al hombre en que llevaba mi ropa. Entonces aprendí que, siempre que ibas detrás de Abuelo, tenías que correr; Abuela, que avanzaba detrás de mí, se levantaba de tanto en tanto las faldas para poder seguirle el paso.
Al llegar a las aceras de la ciudad,anduvimos de la misma manera, con Abuelo al frente, hasta que llegamos a la parte trasera de la terminal de autobuses. Allí estuvimos mucho rato. Cuando entraban y salían los autocares, Abuela leía los letreros de los parabrisas. Abuelo comentó que Abuela podía leer tan bien como el que más. Reconoció enseguida nuestro autobús, justo cuando caía el crepúsculo.
Esperamos a que todos los pasajeros subieran e hicimos bien, porque los problemas surgieron en el mismo instante en que cruzamos la puerta del autocar. Abuelo iba delante , yo en medio y Abuela estaba en el primer escalón que hay al subir. Abuelo cogió su monedero del bolsillo delantero del pantalón y se dispuso a pagar.
-¿Dónde están sus billetes?- preguntó el conductor a gritos, y todos los pasajeros se incorporaron para mirarnos.
Abuelo no se inmutó. Le dijo al conductor que nos disponíamos a pagar y Abuela le pidió en voz baja, detrás de mí, que le dijera adónde íbamos. Abuelo se lo dijo.
El conductor comunicó el importe a Abuelo y, mientras él contaba las monedas con suma atención -porque había muy poca luz-, el chófer se volvió hacia los pasajeros y alzó la mano derecha.
-¡Jao!, ¡Jao!- exclamó, y se puso a reír.
Los pasajeros también rieron. Me sentí mejor porque me dí cuenta de que eran amables y no se habían molestado porque no tuviéramos billetes.
Caminamos hasta el fondo del autobús y vi una señora que parecía enferma. La zona que rodeaba sus ojos era de un negro malsano y tenía la boca roja como de sangre. Cuando pasamos a su lado, la mujer se tapó la boca con la mano, la apartó y se quejó:
-¡Ao...!¡Ao...!
Supuse que el dolor se le pasó pronto porque rió y los demás pasajeros rieron con ella. El hombre que viajaba a su lado también reía y se daba palmadas en la pierna. Un enorme y brillante alfiler sujetaba su corbata, por lo que deduje que eran ricos y que, en caso de necesidad, podrían ir al médico.
Me senté en el medio, entre mis abuelos. Abuela estiró el brazo y dio unas palmaditas afectuosas en la mano de Abuelo, y entonces él estrechó la mano de ella por encima de mi regazo. Me sentí bien y me quedé dormido.
Entrada la noche bajamos del autocar, al lado de un camino de grava. Abuelo echó a andar y Abuela y yo lo seguimos. Hacía un frío que pelaba. La luna había asomado; parecía la mitad de una gran sandía, y cubría de una luz plateada el camino, que trazaba una curva y se perdía en lontananza. No me fijé en las montañas hasta que dejamos el camino y nos internamos por rodadas de carros con hierba en el centro. Las montañas eran oscuras y estaban en sombras, la media luna colgaba sobre una cresta tan alta que para mirarla tenías que echar la cabeza hacia atrás. Me estremecí ante la negrura de las montañas.
-Wales, está cansado_ dijo Abuela detrás de mí.
Abuelo paró y se dio la vuelta. Me miró y el gran sombrero dejó su rostro en sombras.
-Es mejor cansarse cuando has sufrido una pérdida – contestó.
Abuelo se giró y reanudó la marcha, pero ahora era más fácil seguirle. Había aminorado el paso, y supuse que él también estaba cansado.
Mucho después abandonamos las rodadas de los carros, cogimos un sendero y nos internamos entre las montañas. Tuve la impresión de que íbamos a chocar con una de ellas pero, al avanzar, los montes parecían abrirse y rodearnos.
Nuestros pasos comenzaron a resonar y nos envolvieron diversos sonidos; por entre los árboles nos llegaban como suspiros; era como si todo hubiese cobrado vida. Ya no tenía frío. A nuestro lado oí como un tintineo de agua que corre: un arroyo fluía sobre piedras y formaba pozas, en las que se detenía antes de seguir su estrepitoso curso. Estábamos en las hondonadas de las montañas.
La media luna desapareció tras la cumbre y salpicó el firmamento de luz plateada. Así, la hondonada quedó cubierta con una cúpula gris brillante que se reflejó sobre nosotros. Detrás de mí Abuela se puso a tararear; supe que era una melodía india, y no hacían falta palabras para que entendiera su significado; me sentí seguro.
De repente un perro ladró y pegué un brinco. Fue un ladrido largo y lastimero, un aullido que se quebró en sollozos que el eco recogió y llevó cada vez más lejos, de regreso a las montañas.
Abuelo rió entre dientes.
-Seguro que es la vieja Maud ... No tiene el olfato de un perro faldero y depende de su oído.
Un minuto después estábamos rodeados de podencos. Los perros gimieron alrededor de Abuelo y me olisquearon para conocerme. La vieja Maud volvió a aullar, esta vez muy cerca, y Abuelo gritó:
-¡Calla, Maud!
La perra supo quién le hablaba, se acercó corriendo y saltó sobre nosotros.
Caminamos sobre los leños colocados para cruzar el arroyo: en la otra orilla se alzaba una cabaña de troncos construida bajo grandes árboles, con la montaña al fondo y un porche que recorría la fachada.
La cabaña tenía un pasillo ancho que separaba las habitaciones. Este pasillo estaba abierto en los extremos. Algunas personas lo llaman <>, pero los montañeses lo denominan <> porque los podencos lo utilizan para correr de un lado a otro. A una lado había una amplia sala que servía de cocina, comedor y sala de estar; al otro lado del trotaperros estaban los dormitorios: el de los abuelos y el que se convertiría en el mío.
Me tendí sobre la suave lona de piel de ciervo, que estaba tensada en una estructura de madera de nogal. A través de la ventana abierta divisé la arboleda de la margen opuesta del arroyo, oscura en medio de esa luz espectral. El recuerdo de mamá y la novedad del sitio donde estaba me agobiaron.
Una mano me acarició la cabeza. Abuela se había sentado a mi lado, en el suelo; la rodeaban sus largas faldas y el pelo trenzado, salpicado de canas,le caía sobre el hombro y llegaba hasta su regazo. Miró por la ventana y se puso a cantar con voz suave y baja:


El bosque y el viento de la arboleda
han percibido su llegada.
Papa montaña le da la bienvenida con su canto.
No temen a Pequeño Árbol
saben que su corazón rebosa afecto
y canturrean: “Pequeño Árbol no está solo”.
Hasta el tonto y pequeño Lay-nah,
de aguas balbuceantes y parlanchinas,
danza alegre entre las montañas:
“Ah, oid mi canción
sobre el hermano que se ha reunido con nosotros:
Pequeño Árbol es nuestro hermano y ya está aquí”.
Awi usdi el cervatillo,
Min-e-lee la codorniz,
y hasta Kagu el cuervo entonan esta canción:
“Valeroso es el corazón de Pequeño Árbol
y su fuerza es la bondad.
Pequeño Árbol nunca estará solo.”

Abuela cantó y se meció suavemente. Oí hablar al viento y Lay-nah, el arroyo, canturreó algo sobre mí, se lo contó a todos mis hermanos. Supe que Pequeño Árbol era yo y me sentí dichoso de que me quisieran y me aceptaran. Por eso dormí y no lloré.






Probablemente ya haya hablado de este libro, al menos a aquellos que me escucháis de cerca, pero llevo varios días con el libro en mente por esto y por aquello, y claro antes de soltar mis disertaciones sin sentido algo os tenía que poner en situación...
Así que estas son las presentaciones adecuadas. La estrella de los cheroquis es un libro maravilloso que cuenta muchas historias dentro de la historia principal, y del cual he sacado muchísima poesía y provecho cada vez que lo releo y lo recuerdo. No sé si lo encontrareis por ahí, la última vez que lo quise regalar estaba descatalogado, pero puedo prestarlo si me dais un silbidito...





6 comentarios:

Fernando dijo...
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Fernando dijo...
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Anónimo dijo...

Yo lo tengo desde que era pequeño y siempre me gustó. Con una pluma como marcapáginas, siempre lo recordaré por enseñarme, entre otras cosas, a andar con los talones (como los cheroquies) y a decirle a personas especiales "Te Veo" sin que se imaginen el por qué de esa afirmación.

Ecnil dijo...

Fernando te lo presto cuando aprendas a silbar!! :P

Amigo anónimo yo también he jugado a eso, y a dejar regalos para que se encuentren como el sapo aquel... :)

Fernando dijo...

Silboooooo

Ecnil dijo...

Ahora sí!!